Xavier Mateo mira la realidad desde la pisada del arte: respira con intensidad y actitud vital la pintura, la escultura o el dibujo no como una suma de acciones, sino como un principio de vida.
El creador siempre ha sido inquieto y apasionado, y este artista no resulta una excepción. Desde sus manos, el arte clásico adquiere matices que vierten más claridad sobre la realidad que le rodea y que nos rodea, ahora, en que el tiempo parece más fugaz que nunca. La palabra clásica suele producir cierta impresión de frialdad, que vivimos al margen del mundo vivo y se nos empuja al vacío donde únicamente viven esquemas y no personas de carne y hueso. Más allá del academicismo, la sed de Xavi Mateo se sacia en su obra con arte que nos sabe a tierra.
Su gramática se nutre de múltiples amarras que se resuelven en una estética con valor y sello poderoso. La formación, el enriquecimiento personal a través del estudio, la lectura, la reflexión personal, esa parte más “matemática” de la maquinaria humana, se suman al componente carnal, vivencial del artista: “La libertad no es la espontaneidad, sino la acción guiada por valores pensados” (José A. Marina). En la obras, el punto de partida emocional e intuitivo no desaparece detrás de las pinceladas, sino que se reivindica de manera intensa en una obsesión por la técnica, el color, el dibujo y el volumen, herramientas con las que trabaja, entre otros temas, la inocencia y la presencia permanente de la muerte: su capacidad para caminar entre límites vitales no encuentra una barrera en la técnica, sino que es su mejor apoyo.